Vivir separados

Hablando de unciones, hace tiempo encontré la imagen de una mujer luciendo un vestido negro de manga corta, casi a la altura de las rodillas, la foto recortada por el límite superior de sus labios, preservando el anonimato de la joven modelo. Sobreimpresa en caracteres Times New Roman de un blanco virginal, una declaración de principios: “Modesty isn’t about hiding your body, it’s about revealing your dignity.” Es decir: “La modestia no consiste en esconder tu cuerpo, sino en revelar tu dignidad.”

La ambigüedad quedó patente al poco tiempo cuando una amiga musulmana utilizó el mismo argumento con palabras llamativamente parecidas para justificar el porte del velo: nosotras no escondemos el cabello, nos mostramos modestas.

No puedo obviar que me chocó escuchar de la boca de una persona inteligente y querida el mismo discurso con el que me había tropezado, hacía muy poco, en el perfil social de un grupo supremacista blanco que defendía la unidad y las raíces de Europa frente a los monstruos de siempre: la invasión islámica, el contubernio judeomasónico, el lobby LGBT, y todos los pretextos que la clase conformista encuentra para no desafiar a los poderes fácticos y a sus fantasmas. Esto sin darse cuenta de que delegar el problema en el otro y rehuir el compromiso político es la señal más clara del retorno a la barbarie.

No voy a caer en la tentación de hacer lo mismo: ese problema lo tengo yo y lo tenéis muy probablemente vosotros que me estáis leyendo. Que mi amiga comparta inconscientemente una lógica de pensamiento con un grupo que desearía su muerte es también un síntoma de cuánto se nos escapa la intención ideológica de los discursos, y cuán fácilmente nos adherimos a interpretaciones interesadas y sesgadas de una realidad problemática y molesta que nunca tenemos tiempo de pensar.

Sino veámoslo con un ejemplo, un paradigma donde los haya de aquello que sería justamente lo opuesto a la modestia: el orgullo. En las sociedades occidentales, cuando hablamos de Orgullo con mayúscula hablamos casi siempre, por antonomasia, de la manifestación del Orgullo gay, al que luego se fueron añadiendo iniciales con el afán de incluir a más hechos diferenciales: orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género.

Voy a hacer de abogado del diablo: con qué derecho defendemos ese festival desmadrado e impúdico cuyo carácter reivindicativo ha cedido, con el paso de los años, a una fiesta de visibilización gratuita y ofensiva para una parte de la población? O acaso la laicidad, ese principio de separación entre las confesiones y el Estado, se aplica al ámbito de la religión pero no al de la sexualidad? Porque si la exposición pública de la condición sexual y de la afectividad, incluso en su expresión más normativa, supone un malestar para otros, quizás habría que ampliar la noción de laicidad y extenderla desde el ámbito confesional hasta abarcar el afectivo. O acaso no es la sexualidad tan íntima como la espiritualidad? O al menos, acaso no ha sido la vivencia afectivo-sexual sometida al mismo tipo de privatización que el rito religioso y sus señales, tales como el porte de un hábito, un velo, un solideo…?

O sino, pensemos en sentido inverso: Orgullo gay sí, orgullo islámico también. Que nadie se quede fuera. Saquemos nuestras banderas y lentejuelas, nuestros rosarios y espadas, nuestras cimitarras, saquemos a relucir cada uno y cada una nuestra visión particular de aquello que creemos, sabes d-os por qué, que hay que enarbolar como un trofeo.

Mi experiencia es tan sesgada como la de cualquiera de vosotros. Ella me dice que la visibilidad es más susceptible de generar conflicto que la discreción, y que el recato, más que un concepto moral, a menudo es una estrategia de supervivencia. Y sino, segreguémonos como si no hubiera mañana, es decir, como si no tuviéramos que convivir más allá de nuestras burbujas digitales, de nuestras afinidades selectas, de nuestros gregarismos primitivos.

Es cierto que cuando escucho el discurso de ciertos rabinos sobre la homosexualidad no me siento menos amenazado que cuando escucho el de ciertos imanes o curas; y que al haber elegido escuchar y amar a personas que discrepan profundamente de algunas de mis ideas tengo la fortuna de percibir el odio que se esconde tras nuestras creencias más liberales y progresistas. Somos unos pobres de espíritu en el sentido más pesimista del término.

Hace tiempo me enteré que los luchadores de kirkpinar en Turquía, y gran parte de su público, protestaron contra el turismo gay que se estaba generando alrededor de sus encuentros, donde luchan varones ataviados con pantalones de cuero y cubiertos de aceite de oliva, una combinación que los convertía en objetos sexuales de la multitud gay que buscaba asistir a unas competiciones que nada tenían de homoerótico. Si os digo la verdad, no puedo sino empatizar con los jugadores que vieron su espacio de seguridad invadido por un deseo ajeno que vivamente lo amenazaba. Desafortunadamente, aún nos queda mucho para saber acceder al espacio del otro sin violentarlo. Así que, en lo que a mí me concierne, prefiero no vestirme de orgullo, que es una prevaricación del espacio público, ni de modestia, que no deja de ser un disfraz de idolatría. Oculto, oculto, es el misterio. Lo demás es un infierno de luces.

 

 

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