Precio por persona

Cuando ves algo que el corazón no puede soportar, por qué lo pones en él? (Shams Tabrizi, La melodía agridulce de los derviches girando)

Ojalá la izquierda se quede rato en el poder: con la derecha follo demasiado. Es un problema de tripa. El otro día escuché a un mancebo muy titulado y curriculado, bella efigie, cero morbo: la antítesis de la seducción. Hablaba a un círculo informal, mayoritariamente proclive; derrochaba máximas de viejo conservadurismo como si de un señor antiguo y acedo se tratara. No, era joven; pero actualizado en el odio a lo distinto y mimo fiel del populismo de derechas. Depués de oirlo, tuve que follar durante un par de días como si debiera aprovisionarme para una guerra venidera.

Y es que quizás el esperma sea sensible a los discursos de odio y haya que expulsarlo tras una larga exposición a ellos, como fue el caso.

Esto no tendría más trascendencia si no fuera porque en los locales de sexo me encuentro calcos proporcionales de la misma realidad que me aflige. No sé si me podréis acompañar textualmente ya que a veces veo relaciones donde otros no las ven, y como no quiero convencer a nadie de la realidad de mis visiones y menos de la tragedia que ellas representan según la interpretación que hago de ellas, podéis dejar de leerme ya, al menos por hoy, salvo que os gusten los relatos sazonados de vulgaridad. Hoy, sin duda, hablaré de pollas.

Los problemas se me repiten: amigos heteros con los que no hay nada que hacer; compañeros de trabajo con los que es indeseable enturbiar lo laboral, si bien muy apetitoso lubricar los fantasmas; mujeres con las que solo puedo hacerlo si no son mis amigas y si vienen acompañadas de hombre magnánimamente bisexual. Me quedan tres opciones: repetir colaboraciones previas; acudir a trabajadores sexuales; acceder a contextos sociales donde la relajación de la moral sexual se dé en niveles operativos. Opto, como casi siempre, por la tercera.

Me gusta subvertir la lógica de monetización del esperma y no correrme en esos locales a menos que la situación lo reclame a gritos. Si no es el caso, por el precio de dos menús XXL en Burger King, postre incluido previo vómito, me enrollo con cinco cuerpos distintos, cosa que me da una paz que ninguna clase de yoga ha podido alcanzarme (recuerdo salir de kundalini listo para irme de after o ponerme a gritar en medio de la Diagonal). Hoy han sido seis: un chaval joven extranjerísimo; otro joven declaradamente “catalán y español” (remarcando “y español” como quien dice “solo con condón”); un señor que podría ser mi padre, algo particularmente catártico con respecto al delfín de Ciudadanos porque cuanto más avieso a la moral monoteísta es el sexo que practico, más me quito las ganas de hacerme terrorista puntual; un joven acondroplásico que me ha saludado muchas veces y, satisfaciendo curiosidades mórbidas, cuyo órgano no era proporcional a su estatura; un chico de Lavapiés que tenía más peligro que un USB metido en un Mac luego de haber estado en un PC; y otro con el que el anterior ha tenido comercio sexual, y que luego lo ha tenido con un servidor.

No pretendo entrar en detalles acerca de estos personajes que nada tienen de ficticio, sobre todo para proteger su anonimato, así que creedme simplemente cuando os digo que siguen representando a la esperanza izquierdista, pero también a su lado más rancio que es la izquierda sebosa, y a la gomina de derechas, y aún a la fachoría, esa que está a la derecha de la derecha. No todos los gays españoles vienen de Valencia, Murcia o Galicia, así que no se trata de un complot de Nuevas Generaciones para evangelizar en los sex clubs; parece más bien el resultado del arrinconamiento del deseo homosexual hacia los polos de toda política de alternancia, basada en un efecto de sucesión entre grandes partidos que en ningún momento suponen un riesgo para la moral y el sistema dominantes.

Así también una marica es de izquierdas, está comprometida con lo social, ya sea Amnistía o Grindr, y tiene en el PREP su nuevo rito de salvación, o es de derechas, sabe que nadie le va a salvar el culo y cree en el valor del trabajo antes que en la solidaridad porque ya ha visto de qué pasta está hecha el mariconeo. Es en momentos como estos que hago cuentas a cuánto me sale cada follada porque sé que nadie podrá salvarnos, ni siquiera el PREP que da de comer a cuatro maricas subvencionadas y mucho menos Amnistía, el Don Limpio de la consciencia burguesa; también sé que es cuando buceo en el mar de mierda, esperma y lubricante que son nuestros culos y pollas de maricas domingueras, aún motivado por un facha vomitivo, maricón que jamás saldrá de su armario espejado IKEA, es cuando penetro en esta cueva de popper y cerveza barata que los chaperos marroquíes se toman a sorbos culpables que me reconcilio con Hannah, esa resistente al binarismo que en vísperas de fin de año me recuerda que, en la lucha de fondo, ninguna derrota es demasiado importante, ninguna pérdida es casual y ningún placer es despreciable. Días vendrán en que sufriremos más que hoy y habremos perdido aún más derechos y compañeros, y todo esto que os cuento nos parecerá tan profético como superficial. Todo menos la pregunta: para qué ser gay, u hombre, cuando puedo ser simplemente Sion?

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