Un encargo en Turquía

A Istanbul me he venido en un vuelo barato de Lufthansa. He aprovechado la restricción del equipaje a ocho quilos para ejercitar la austeridad: un solo libro, un solo cambio de ropa exterior, ropa interior y comida para no tener que salir por la noche, el neceser, un paraguas pequeño. En el bolso de mano, el ordenador y el móvil, algo de tabaco, dinero europeo y dinero turco, pasaporte y visado, pañuelos y kipá.

Por la mañana me he puesto la única ropa exterior que contaba traer. Enseguida me he hecho una papilla de copos de miel que me gustaba cuando era niño. La traje de Portugal porque solo la venden allí. No sé cómo, se me ha medio volcado el plato y me he pringado generosamente el jersey negro con el que pretendo presumir de Jack Kerouac. También he manchado el pantalón de pana ancho que siempre va bien en días fríos y en un país donde no sabes cómo reaccionarán a estilos más extremados. Por momentos, he visto en el incidente matutino un prenuncio doméstico de mala suerte. Pero he desechado enseguida el golpe de superstición, me he limpiado el jersey y el pantalón lo mejor que he podido y así he desafiado al poder enigmático de las señales.

He venido todo el rato leyendo a Buber y quejándome para mis adentros de un dolor que me aflige. Si lo explico, será más adelante.

Desde el cielo, la visión del Bósforo me ha emocionado. La llegada a la capital turca tiene algo que me recuerda a las llegadas a Lisboa, probablemente por la común existencia de un río y por la cercanía del aeropuerto relativamente al núcleo urbano, lo cual da la sensación de sobrevolar los tejados. Llovía mucho y sigue lloviendo. En el control de aduana, una policía que solo hablaba turco. A la salida, el chico de la lanzadera privada que había contratado previamente se dirige a mí con alguna solemnidad:

– Sion? Are you Sion?

Por primera vez me pasa por la mente el título “Un judío en Istanbul”. Como “Un americano en París”. O como “Un extraño en Goa”, de Agualusa. “El desplazamiento implica valor”, me dijo una vez James Clifford, el antropólogo. Quizás sea cierto. Valor y riesgo.

Lo que más me ha llamado la atención ha sido el aspecto absolutamente moderno y plagado de pantallas del aeropuerto Atatürk, la belleza apabullante de los turcos y, entre estos, la diversidad entre las mujeres: unas al mismo estilo occidental, por ponerle un nombre tan aparentemente fácil como cargado de prejuicios, sobre todo en este país que no se reivindica occidental ni oriental, sino que ya durante el Imperio Otomano era la Sublime Puerta; mujeres con y sin velo, algunas de ellas resplandecientes, luciendo vestidos o blusas llenas de brillantes a juego con maquillajes cargados y atrevidos; o con velo y pantalón del mismo color, o de riguroso velo integral negro.

Mientras las observo discretamente, como una censura visual, se me interpone un chico con cierto descaro. Podría ser un chapero, aunque me sorprendería. Desvío la mirada como si no lo hubiera visto.

Vuelve el chico de la lanzadera acompañado de otro. Fuman con rapidez y estilo. Hablan y se ríen. Festejan. Pero no solo ellos. Los hombres se tocan mucho. Aquí el male bonding parece señal de hombría. Claramente, yo no soy el único performer y voy a tener mucho que aprender de estas masculinidades. O no.

Mezquitas y monumentos, la hagia Sophia, un sinfín de banderas turcas que recuerdan que el país está celebrando su moderno patriarca, Atatürk, por todo lo alto. Pasamos cerca de la plaza Taksim, donde el último Orgullo Gay fue reprimido por la policía con palizas indiscriminadas.

Lo tengo que confesar: no he venido a meterme en líos. Al llegar al pequeño hotel familiar, antes que un merhaba, opto por un salam alyekum al que me contesta el amo, sonriente:

– Alyekum salam, Sion!

Soy solamente un judío en Istanbul. He venido a hacer un encargo.

El masaje otomano

Heme aquí vuelto al punto al que llegué al final del doctorado, ese otro desierto del alma: a las puertas del psicoanálisis, campo de saber mal labrado, monocultivo intelectual donde el cuerpo, por más vueltas que se le dé, nunca tiene lugar de hecho. Con fantasmas tales como el pasaje al acto, los límites de la transferencia y toda esa armadura teórica que blinda un escaso ejército de superyóes, se preserva estoicamente el psicoanálisis de toda contaminación por lo digital y por la neurociencia, por supuesto, pero fundamentalmente por el cuerpo, este cuerpo mortal, volumétrico y a menudo inefable del que tanto recelan. Yo ya había hecho varias embestidas en este sentido, que en su día me costaron una supuesta reputación que al cambio no valía nada. Así que decidí meter mano, literalmente: por qué no probar el masaje como sustituto de la hipnosis?

El mismo Freud abandonó esa técnica por la dificultad en mantener la consciencia de aquello reprimido fuera del estado hipnótico, es decir: una vez despierto o salido de ese estado, el analizante vuelve a estar inmerso en el yo; es el yo quién habla. Cierto masaje, sin embargo, al hacer sensible el cuerpo continuo, al volver física la continuidad del cuerpo analista y analizante, no abandona la consciencia despierta sino que la amplía para rebajar las defensas del yo. Y he comprobado en el setting que, lejos de interferir (romper la transferencia, la relación de analizante a analista), ese masaje desmotiva la actividad represora que caracteriza el yo, a la vez que asocia el confiarse a la escucha a un goce perfectamente ubicado. Esto relaja la fantasía de intimar con el analista porque la sexualidad deja de ser algo obsceno para acceder por fin a la escena analítica.

Pero ¿de qué masaje se trata? Ciertamente pude haberlo soñado. El descubrimiento viene dado por un significante que continúa el nombre de Otto (Otto Fenichel, Rudolf Otto) en la mano que transmite el masaje. Es en búsqueda de ese masaje otomano que me voy a Turquía.

Viagra

– Sion, Sion!

Llamó por mi nombre susurrándolo, dándole mordiscos como si fuera un manjar. Y la verdad, me confesara el día antes, es que el sexo había sido de lo más normal. De no haber sido por mi nombre fuerte y raro, dijo, no me hubiera dado su número de teléfono ni me hubiera pedido el mío. Y por supuesto no me hubiera invitado a tomar un chocolate caliente y luego a cenar. Al final, dormimos juntos tres noches seguidas, algo poco habitual para ambos tratándose de un ligue.

El primer despertar supo a novedad. Antes de que sonara en mi teléfono la Hatikvá, que me recuerda cada mañana qué significa haberle tomado el nombre a la montaña de Jerusalén, ya me estaba comiendo las orejas y el culo. Lo hacía con la avidez de un amante que me hace sentir deseado, pero que a la vez me instala en un lugar donde el futuro se vuelve efímero porque me siento, lástima, demasiado deseable. Todos sabemos que cuando ya no hace falta luchar por el deseo del otro, es el otro mismo el que empieza a dejar de hacer falta a nuestro yo insaciable.

Todo empezó con una pastilla, al igual que cuando empecé a escribir los diarios de Hannah. Esta vez, no con Androcur, sino Viagra. Después del Testogel, que me aplicaba religiosamente a diario, me pasé a la testosterona inyectable, el Testex, pero cumplido un año de estas andanzas, que si F que si Hannah hasta ser Sion de pleno derecho, dejé de presentarme en el centro de salud para que me pincharan la nalga. De eso hace ya dos meses. No tenía sentido seguir: mis testículos se estaban volviendo vagos y la testo en vena no me aportaba probablemente nada más allá del ritual, vuelto rutina, de hacerme pinchar.

Pero Hannah, que pocas almas entendieron como una performance, sigue viva como tal. Hannah nunca existió como cuerpo pero sí como concepto; y ese concepto encontró en mí un cuerpo disponible.

A semejanza de mis anteriores performances, o acciones artísticas como algunos prefieren decir, Hannah se desplegó y reveló ante quienes fueron testigos de mi cuerpo modificado, ante los lectores del diario que dicha revelación motivó. Como si de una experiencia mística se tratara, el cuerpo permaneció intocable e intratable, resistente a cualquier intento de clasificación, reacio a ser contado por alguien que no fuera yo misma: porque Hannah, por voluntad de ambas, se adueñó de mí.

Cabe decir que mi encuentro con la mística fue propiciado por quienes me impidieron hacer el doctorado sobre lo obsceno en pornografía, idea que escandalizó a más de uno en aquél dos mil cuatro marcado por un logro y una encrucijada. Terminado el máster, tuve la debilidad de apostar por lo seguro y proponer una investigación sobre lo obsceno en la mística. Entre mística y porno, qué diferencia hay? El tipo de ay. Y poco más, la verdad. Aún así, la falta generada por un deseo no cumplido, el de hacer del porno algo mucho más interesante para mí que el objeto de excitaciones solitarias, o el sustituto de amantes que no busqué ni me encontraron, hizo que me entregara a la posibilidad de volverme yo mismo objeto pornográfico (porque sujeto obsceno ya lo soy).

Así nació una performance que, si llega a ver la luz, lo hará en forma de vídeo hacia finales de año, pese a que llevo meses preparándola y preparándome para los fracasos que la persiguen. Para llevarla a cabo, en su cuarto intento, me armé de Viagra solo para descubrir que el problema no era no lograr una erección o mantenerla, sino algo de otra orden que no cabe aquí desgranar. Sin embargo, cuando me fui del lugar del rodaje, sentí la urgencia de convertir esa Viagra en dispendio sexual, y así conocí al muchacho que se quedó prendado de mi nombre. La intensa actividad sexual suscitada por ese cuarto fracaso, y amparada por la pastilla que lo remató, sirvió para devolverme la soledad de un tránsito de género tan performático como incomprendido. La soledad, en sí misma, no es ningún fracaso, pero sí el signo de algo incompleto; y como todo lo incompleto, es a la performance que atribuyo el poder de completarlo.

Me ha faltado que la experiencia de transitar Hannah, o de ser atravesado por ella, fuera traducida a un conocimiento que yo pudiera compartir. Ahora creo haberlo encontrado.

No hay límites ni enfermos

Mañana hará un año que empecé un tratamiento hormonal pionero: en primer lugar, porque apoya un tránsito de género múltiple y sin finalidad desde el primer planteamiento, y lo desplaza de la clínica al arte, donde no hay límites ni enfermos. No he querido ser hombre ni mujer, no estaba diagnosticado ni patologizado de ninguna manera. No sufría ni sufro ningún tipo de disforia en ese sentido. La disforia de género no existe: el género es la disforia; concretamente, es la disforia, la frustración y la violencia de quienes creen que existe. Pero el género no existe como realidad; es una invención y como tal he querido ponerla a prueba.

Un año más tarde, me doy cuenta de que, efectivamente, es un gran invento: ha permitido organizar la sociedad, clasificar la especie humana en dos grandes grupos, idealizar un tipo de relación entre estos y someterlos a un sistema de producción que, a su vez, se alimenta de la mano de obra que producen y, retroactivamente, lo justifica. Tranquilos, tranquilas: es mucho más complicado que el día de san Valentín.

Por supuesto, el género produce monstruos: al organizar la sociedad de una manera impide soñarla y materializarla de otras que podrían haber sido mucho más interesantes; al clasificar la especie humana, ha creado discriminaciones favorables a uno de los grupos y desfavorables al otro. Por otras palabras, ha instituído una jerarquía aparentemente natural con cuerpos más fuertes que otros, cuerpos más dóciles que otros, imponiendo cuerpos modélicos que permitirían gobernar la imagen que tenemos de nosotros mismos y determinar quienes son más deseables y para qué. Se fijaron roles en función de ese sistema, para hacerlo duradero e incuestionable, y se les asignaron funciones para lograr determinados objetivos. El género es una idea tan inmaterial y poco racional como la raza, di-s, o la nacionalidad. Estas ideas hay que protegerlas porque, muy probablemente, quienes gobiernan han llegado al poder sin otra preparación que la que implica continuar un sistema ya conocido. Por eso las novedades teconológicas son una anécdota en la historia de la humanidad (que no del mundo, que a menudo están destruyendo).

No soy un teórico de la revolución ni pienso hacer ninguna. Solo creo en la revolución como creo en la cura de un corazón: los efectos terapéuticos son efectos secundarios. Es decir: si mis acciones desencadenan cambios sustanciales, es cosa de ellas. Yo solo puedo controlar, como en cada performance, ciertas condiciones de producción. Puedo intentar delimitar el cuándo, el dónde, el cómo, y por supuesto quién. No puedo determinar con quién. Puedo explicar el porqué consciente, pero ni puedo hablar de aquello que le subyace (el porqué inconsciente) ni puedo anticipar el para qué. Y el para qué o hacia dónde son los futuribles que describe la revolución en su órbita indomable.

Creo que ha sido un acierto darle un nombre humano a mi acción, pero Hannah nunca se ha dejado encerrar por un género aunque le haya dado voz casi siempre en femenino. Pero también el género gramatical es un marcador histórico. La duplicación del género en ciertos discursos oficiales es una operación de maquillaje tan naïf como la feminización obsesiva del lenguaje como quien pretendiera reparar el mal hecho, como si la abolición del género gramatical masculino fuera una liberación de hecho, como si modificando el lenguaje modificáramos la realidad, como se creyó el siglo pasado y aún se sigue creyendo. No, no, no. Abolir el género es tan urgente y tan importante como abolir la esclavitud porque el género mismo genera esclavitud, perpetúa la desigualdad, naturaliza un delirio biologista que nos hace rehenes de nuestros cuerpos, productos de un lenguaje caduco, en vez de abrirnos la gran ventana del misterio, del ¿qué será?, del ¡voy a ver!

Sin psicosis no hay salvación. Sin unos cuantos años de locura, de prueba y error, de hallazgo y terror, de deshacerse de esta normalidad de mierda, no cruzaremos el paradigma.

Dejemos que la historia sea trans; de pasarnos más tiempo midiendo y programando, sospesando y evaluando, que haciendo. Nunca he dicho que se tratara de no pensar, sino todo lo contrario: se trata de pensar con todo el cuerpo, pensar haciendo, y que el único fin sea encontrarnos por primera vez. Una vez y otra. Porque Hannah es eso: un juego. Yo lo he ganado porque me aposté en ello pero estoy deseando que tú, tengas la edad que tengas y vengas de donde vengas, puedas ganarlo también.

Qué perdí, dónde he llegado, qué no quiero

Os quiero hablar de la detención. Los ejemplos que pondré están vivos, hacen mella en el estado actual desde el que os escribo. Podéis substituirlos por los vuestros: ejemplos de aquellos que os está empujando y empujando, no sabéis hacia dónde. Aunque tengáis planes para la semana o lo que queda de ella, o del año en que estamos, algo os empuja y quizás no sea en la dirección deseada. O aunque tengáis deudas, deudas que tardarán años en pagarse, relaciones que tardarán años en saldarse porque también han tomado la forma de deuda, una deuda existencial perpetua, corrosiva, no temáis: puede que algo os esté empujando y eso sea mejor que cualquiera de vuestros planes.

Tuvimos la costumbre de creer que di-s, si existiera, sería bueno y nos consolaría y proveería; o malo, porque permitiría la hambruna, las clases sociales, la creencia en la raza, el género, las naciones, el dinero y todo tipo de fantasías dañinas que se hicieron llamar dogma, ciencia o simplemente verdad para mantenernos a flote bajo esa especie de colocón racionalista. Hemos perdido mucho creyéndonos toda esa fantochada y podríamos perder más, todavía más, gracias a la gran miseria del divertimento. Divertirse, por encima de todo, es no pensar. Es dimitir de la confrontación. No se trata de pasarse la vida pidiéndoles cuentas a los demás, ni de amargarse discutiendo. Hablo de la confrontación con la realidad que, por norma, nos lleva la contraria. Olvidémonos de esos charlatanes del neoliberalismo que nos quieren vender la docilidad y el autoengaño disfrazados de mindfulness y PNL (piensa dos veces antes de decirme que la PNL blá blá blá), de los Deepak Chopras y los Eckhart Tolles, sacerdotes que nunca hemos pedido ni realmente hemos necesitado. Fue el mismo sistema de generación de miseria intelectual, de nivelamiento por abajo de todo el sistema educativo y de la educación a secas, de la sanidad y de la calidad alimentaria, fue el mismo sistema exterminador de ecosistemas el que nos propuso esos y otros oportunistas de la gran miseria.

Veamos: la idea de que las personas más conscientes son más infelices, y que por ello más vale quedarse estúpido es muy perversa pero más fácil de desmontar que cualquier mueble de Ikea. Parte de una concepción muy moderna de felicidad que nada tiene que ver con su raíz, que apunta a un camino incierto más que a un punto de llegada o a un estado de ánimo; y es necesariamente signular, puesto que no hay ninguna receta real para ser feliz. La felicidad como algo ideal y abstracto, envuelto en nubes de azúcar y constelaciones más o menos familiares, es algo que simplemente no existe. Leer libros de autoayuda donde el único que se está ayudando es el que se forra con su venta es, desde luego, un terrible sinsentido. Para ser feliz hay que empezar olvidando lo que nos han dicho al respecto (incluyendo lo que os diga yo, por supuesto), observando lo que tenemos de estable y concreto, alejándonos de lo que nos quita tiempo y dinero en vano, acercándonos y cuidando lo que es fiable y nos hace mirar hacia atrás con reconocimiento, alrededor con realismo y hacia adelante con propiedad. Esto es: reconocer qué perdí, dónde he llegado y qué no quiero. ¿Que si soy pesimista? Os contestaré con otra pregunta: ¿así es cómo sois felices?

Sufian se quiere ir a la cama con una chica a la que gusto. Él no está seguro de que, si lo hiciera, fuera más allá de dos polvos. Son palabras suyas. Pero ante la posibilidad de que yo me acostara con ella en su lugar, cosa que no ocurrirá por voluntad de nadie, sus celos dictaron la peor de las interpretaciones: que le miento. Sufian y yo podríamos haber sido buenos amigos, o eso creo. Ahora no lo veo tan claro; no porque no le pueda perdonar unos celos, sino porque el desarrollo paranoico de su deseo me hace temer que la estructura se repita otras veces, y yo ya no quiero jugar a esto. No a mi edad.

Cada día llego a casa agotado. Las aplicaciones móviles no me parecen el mejor habitat para los afectos. No tengo fuerzas para ir a ningún lado a conocer gente. Me siento atraido por varios compañeros de trabajo, pero quiso la separación de poderes que antes mezclaremos el poder judicial con ciertos partidos que el trabajo con la vida personal, o incluso afectiva. Entonces busco réplicas de mis fantasmas en el mercado aséptico del porno como quién intercambia tiempo o dinero por sucedáneos cada vez más pobres del amor.

Me levanto tarde por el doble trabajo de la oficina y de ir en búsqueda de amor donde no hay. Así que no vengo a daros lecciones. Os he avisado: para ser feliz, primero hay que olvidar todo lo que nos han dicho al respecto. Pero una cosa sí que os voy a decir: aún cuando todo se ve feo, incluso un día de sol en una ciudad bonita, con salud y trabajo y todas esas cosas que nos hacen creer que son buenas, porque hay días, hay momentos en que todo se ve feo y finito, listo para irnos, y no sabemos dónde, un poco de fruta fresca, un café recién hecho con unas tostadas, llorar si hay ganas, pero sin pasarse de pozo, y una siesta de media hora, o diez minutos, a la hora que sea, pueden ser el primer paso para desocupar nuestro cuerpo de niebla y hacerle hueco a una inspiración limpia. Esta mañana lo he hecho mientras escuchaba Desmond Dekker con el móvil apagado.

“Get up in the morning, slaving for bread, sir
So that every mouth can be fed
Poor me Israelite”

Esto es detención: me he secuestrado a mí mismo para devolverme un sentido de libertad. El que sea. Y no, no hay receta para ser feliz. Pero algo nos empuja y creo que es hacia algo bueno.

Vivir de amor es morir así

Hace unos días se murió Camilo Sesto, uno de esos personajes que me dicen muy poco porque España, culturalmente, solo empezó a existir a mis veinticinco años. Los grandes éxitos de mi infancia fueron en portugués, inglés, o incluso francés, el idioma culto durante la dictadura de Salazar. La inmigración en el Portugal democrático fue sobre todo africana, no sudamericana: este hecho fue decisivo en la diferenciación de la cultura portuguesa con respecto a España y, anecdóticamente, en mi forma de bailar. Hoy todavía disfruto de un buen kuduro (de los de antes), kizomba, de la soca, y todos esos sonidos de tierras que Portugal invadió en su día, ese es mi afro culpable, sin esencialismo, libre de cualquier purismo, con influencias caribeñas, cajas de ritmos japonesas, melancolías lusocoloniales y no solo fadistas, arabescos berberescos, perfumes insondables de Malawi y Madagascar. Todo muy lejos de Camilo Sesto.

Pero el hombre cantó todavía en mis primeros años en Barcelona, nunca en directo, siempre en diferido en discotecas de dudosa reputación como la Arena y la sala pachanguera de la desaparecida Salvation, lugares de mariconeo más o menos remezclado con gente de distinta orientación.

“Vivir así es morir de amor
Por amor tengo el alma herida
Por amor no quiero más vida que su vida
Melancolía”

Él dice más cosas pero esto es lo que la gente canta cuanto va borracha, y es suficiente para darme cuenta que, si fuera en portugués, podría ser la letra de un fado o de uno de estos mojigatos de nueva generación que hacen unas canciones de amor malísimas. Al parecer, la diferencia está en el ritmo, en la música, pero el mensaje, el lenguaje verbal, el tema propiamente dicho es el mismo. El amor, la melancolía, la supervivencia, la superación, aquí y allá, siempre.

Tengo una sensación muy parecida en cuanto al género: seamos del género que seamos, los temas se repiten con casi infinitas variaciones. Y es que el género se parece más a una radio de las antiguas, valvulares, con el botón de rueda para sintonizar, con la diferencia que no hay extremos, o sí, pero como intentes forzar el botón por abajo del 87 o por encima del 108 seguro que lo jodes y adiós programita.

Camilo Sesto no suena en todas las estaciones, gracias a d-os. Sería un tormento. Todo el mundo sabe que “no quiero más vida que su vida” no es melancolía; es histeria, aunque se le llame amor o devoción. Pero el afecto está hecho de estos y otros malentendidos, y la identidad de género también. Quizás debo resignarme a que siempre quedarán residuos de ese fracaso que es decir lo que no tocaba o callar lo que no debía. Y el cambio de nombre no es más que eso mismo: gente que no me conoce se me dirige por escrito en femenino, gente que me conoce ha aprovechado mi cambio de nombre para no dirigirme más la palabra, artistas con quienes colaboré bajo el nombre de Francesc Oui ya no me identifican en esos trabajos (quizás crean que me fui con Camilo), otros me bloquearon en las redes sociales (quizás temen que sus muertos escriban).

El caso es que gracias a Francesc Oui y a Hannah Games ha quedado mucho más claro que la performance no es un juego, o que jugar a las identidades es jugar con la propia vida. También ha quedado claro que con el arte de la performance podemos hacer dos cosas: acciones efímeras que se extinguen, casi todas, y caen en el olvido, o acciones indelebles que se hacen cuerpo, que toman un espacio y un tiempo, quizás por asalto, quizás de forma ilegítima, pero que están destinadas a modificar lo real, empezando por el mundo inmediato. Por eso Sion es tan impertinente: no solo porque recuerda una realidad incómoda sino porque hace presente este hecho inevitable: que nuestro cuerpo siempre, siempre, siempre es un lugar político. Y el amor, por supuesto, también es un acto político, tan político que uno llega a dar la vida por él, y eso lo cambia todo. Vivir de amor… es morir así.

La vida sensible

Todavía me pregunto qué es la sensibilidad. ¿Alguien sabría decírmelo? De pequeño era el eufemismo con que ciertos familiares se referían a mi indeseable desvío: “es un chico muy sensible” …por no decir maricón. En el instituto, profesoras de literatura bien intencionadas llamaban sensibilidad al alma o, peor todavía, a la inspiración del poeta: el poeta, ese ser romántico y solitario que bajo ningún concepto sería un fumador de hierba o hachís, y mucho menos un violador o pederasta, cosas todas ellas confundidas bajo el manto plácido de la moralidad.

Sensible.

Incluso podríamos jugar un juego: identificar qué quiere decir uno, realmente, cuando dice: sensible. Soy tan sensible que me dejaría violarme. Por eso, quizás, el otro día soñé que el Mossad me encargaba la arriesgada misión de someterme a una cirugía de reasignación, y hacerme pasar por una prostituta de lujo para asesinar a un terrorista momentos antes de penetrarme. La historia de Judith y Holofernes siempre me ha impactado. Las pelis de espionaje, también. Y las tetas, aunque yo sea sensible. Entre los catorce y los diecisiete fui tan sensible a los insultos que recibía y a las amenazas físicas que, pasados casi diez años de escasa felicidad y demasiado daño, me fui del país donde nací a otro donde me reparí. Cuando uno se repare (y se repara) no lo hace para ser menos sensible sino para regresar más fuerte a un mundo lleno de modelos y recetas. Hombres sensibles que cambian la poesía por la creatina, el teatro por el fitness y las tertulias entre amigos por citas a ciegas donde se distribuyen los roles en función de factores cuantificables: peso, altura, edad, cuánto te mide, activo o pasivo, ¿fiesta blanca? Escuelas de hombría donde el género se te repite como el curry, parecer lo que no existe, ser esto y no ser aquello, y las mujeres, ah! las mujeres deben participar activamente en la masculinización del mundo, que exige, justamente, el abandono de la sensibilidad. Para eso hay que hacer creer que las mujeres, que serían teoricamente más vulnerables por su sensibilidad (no por la desigualdad de poder) y por su biología (ya que estarían hechas principalmente para ser madres), deben ahora acumular las funciones de objeto de deseo y simulacro del liberalismo. Esas mujeres líderes que nos presentan como modelos de éxito representan el último triunfo de un añejo patriarcado, no de la feminización del mundo. No queremos un planeta que respire y dé fruto sino una tierra obligada a fecundar una y otra vez, es decir, violada. No queremos aplacar nuestro afán carnívoro, nuestro colonialismo de crucero y avión, no queremos ser menos ni crecer menos que los demás, no queremos oír hablar de compasión a menos que sea en un libro de autoayuda de esos que valen nueve con noventa en una gasolinera triste como el destino mismo.

(Tercera dosis de testosterona inyectable, un malentendido que me cuesta una amistad, tres semanas sin follar, cambio de nombre, estreno pasaporte. No quiero hombres que comen demasiada carne, que votan a partidos que odian cómo soy, no quiero mujeres que quieren ser hombres ni personas menos sensibles que yo, no quiero vivir para tener músculos ni tampoco para tener hijos, no quiero engañarme, no quiero perderme, no hay nada qué perder. Solo quiero el amor renovable, como la energía del viento. Y brindar por la vida sensible.)